La curia está muy, muy enfadada. Parece ser que en España se peca más que nunca. Pero, ¿a qué se debe esa ofensiva a condón sacado? Veamos.
La religión institucionalizada es el negocio más antiguo, y el negocio de la Iglesia católica, apostólica y romana (al menos Fraga dice que el es de allí y no de Vilalba) es el pecado. ¿Qué fuerte (me gustaría cerrar la interjección pero no la encuentro en el teclado; ah, si)! O más bien la culpa que se deriva del pecado. De hecho se han inventado un pecado original para poder establecer un primer contrato de prestación indefinido de servicios con un carácter abierto (sus cláusulas se irán escribiendo…). En ese momento prestan su primer servicio y establecen el vínculo inicial. A partir de ese momento nos convertimos en deudores por ese primer servicio. La ceremonia es la materialización del servicio que en si mismo no vemos -es intangible- (lo mismo ocurre en las asesorías con sus trajes, corbatitas e “imagen”). A partir de ahí y siempre que los requiramos nos prestarán sus servicios psicológicos de paz moral a cambio de la reserva de nuestra voluntad que en el medio y largo plazo se traduce en influencia e ingresos.
Entonces, cuantos más pecados se cometan por quienes deben cometerlos (su clientela) mejor. Mas represión, mas pecados, mas pecadores, mas sensación de culpa, mas necesidad de redención, mas prestaciones de servicio y de mayor valor para el cliente. De ahí la doble moral. De la misma forma perder clientela es perder negocio, pero también es perder negocio que los supuestos pecados sean cometidos por quienes no necesiten ser perdonados y que pueda haber otros que sigan su ejemplo.
Por eso, por ejemplo, no importa que los gays estén dentro del armario haciendo lo mismo que fuera. Si son clientes y tienes que purgar sus sensaciones de culpa, estupendo, mas poder e influencia, pero si salen y otros les siguen, pierden esa parte del pastel.
Vemos así que, ya que la contraprestación de los servicios prestados es en un primer momento la voluntad del purgado, su especialidad como profesionales es precisamente ese tráfico de voluntades. Y de ahí un negocio secundario del primero, en principio, pero que extiende el negocio original: compra de voluntades a cambio de servicios ya no psicológicos sino materiales: de ahí el malestar por el tema de la religión en las escuelas; muchas personas que la Iglesia coloca pero que pagamos todos. Eso, más los ingresos para los propios curas, mas la influencia.
Dos mil años de empresa y uno de sus mercados principales se tambalea por el recorte de ingresos, poder y los malos ejemplos que podrían disminuir su clientela objetivo.